Por Aurora García
Existe en el Centro Histórico de Hermosillo un humilde edificio, rosa y descarapelado, olvidado por la cotidianeidad de los peatones y rechazado por los llamativos comercios. Era el Hotel Laval, un edificio que para los años cuarentas formó parte de la oleada de obras arquitectónicas modernas, impulsadas por la “Era de Abelardo”.
En aquella época la ciudad era un pueblo pequeño y había escasos arquitectos, procedentes de la Escuela Nacional de Arquitectura de la Ciudad de México. Para ese entonces la capital del país contaba ya con un antecedente arquitectónico de tendencias funcionalistas. Personajes como Juan O’Gorman, Mario Pani y José Villagrán comenzaron a utilizar nuevos lenguajes que señalaban un crecimiento económico y una arquitectura al alcance de todos, planteando valores que ahora reconocemos como parte del movimiento moderno: lo útil, lo verdadero, lo estético y lo social.
De ahí la formación de estos primeros arquitectos que, llegando a Sonora, quisieron implementar sus ideales modernos en un lugar donde todavía se encontraba la cultura del adobe. Uno de ellos fue el Arq. Gustavo Aguilar, mandado llamar por el Gral. Rodríguez para ocupar el cargo de Jefe de Edificaciones, lo que le dio la oportunidad de proyectar edificios de gran importancia para la ciudad.
La proyección del Hotel Laval fue una de sus grandes oportunidades, convirtiéndolo en el mejor hotel de los cuatro que había en esa época, que eran el Hotel Ramos en Centenario, el Hotel Kino en el centro y el Hotel San Alberto que se había quemado y en ese entonces no estaba funcionando. Su ubicación lo hacía aún más atractivo, ya que estaba a sólo una cuadra de la calle de mayor actividad: la Calle Serdán, donde se encontraban las mejores tiendas, consultorios médicos, bancos y todo tipo de servicios.
El programa arquitectónico incluía en sus áreas lobby, restaurante, bodega, lavandería, 54 habitaciones de 3.5m x 4.7m, montacargas de servicio, escaleras y elevador, siendo el segundo edificio de la ciudad en contar con uno, ya que lo ameritaban sus siete niveles que lo hacían sobresalir del horizonte. La altura de este edificio le da un carácter de importancia, aún en la actualidad, ya que en la zona sigue siendo de los pocos edificios de más de tres niveles. Las formas son elegantes y esa era una de las intenciones: lograr que el cliente se sintiera atraído al lugar aún antes de haber entrado. Los volúmenes son imponentes y la modulación de sus elementos lo hace todavía más agradable.
El lenguaje formal del edificio es totalmente sencillo, apegado y fiel a su estilo moderno. Está compuesto por dos alas que se unen en una esquina redondeada. En esta obra arquitectónica se repite la horizontalidad debido a los aleros que cubren las ventanas. Respecto a su lenguaje arquitectónico el arquitecto Jesús Uribe indica que: “…se parafrasearon ideas de la obra Ornamento y Delito, del arquitecto vienés Adolf Loos” considerando que la propuesta de Loos radica y recae en las teorías propuestas por la Bauhaus y el racionalismo moderno, teniendo como puntos destacables la modulación, la utilización de formas puras y el prescindir del ornamento para utilizar estrictamente elementos que tengan una razón utilitaria.
El hotel Laval es un buen ejemplo de logros formales que tuvo el movimiento moderno. Su concepto recae en la utilización prudente de elementos formales y en el éxito rotundo del binomio que parecería estar en conflicto pero que el Arq. Aguilar reconcilia: función + forma. Atendamos esta obra maestra, convertida en ruinas y abandono, que bien valdría la pena rescatar por sus valores artísticos, históricos y arquitectónicos.
(Publicado en Lídika 4, del ISC)